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31 de marzo de 2025
Arqueoastronomía. La observación de los cielos en las culturas prehispánicas mesoamericanas
En el pasado, el firmamento despertó en la humanidad intensos sentimientos que iban desde la reverencia religiosa hasta la generación del pensamiento crítico que finalmente condujo a la indagación científica. En Mesoamérica ese trayecto intelectual surgió desde épocas muy tempranas con los olmecas y se fue desarrollando a lo largo de aproximadamente tres milenios. Un aspecto fundamental que derivó de la observación sistemática de fenómenos celestes fue sin duda la creación de un sistema calendárico que hizo posible organizar toda actividad en la sociedad.
El calendario mesoamericano constaba de dos cuentas de días que corrían simultáneamente. Una de ellas era una cuenta solar organizada como dieciocho periodos de veinte días con un añadido de cinco días. La otra constaba de doscientos sesenta días y se estructuraba como veinte periodos de trece días. Su origen tenía que ver con aspectos religiosos y rituales. Después de los primeros doscientos sesenta días, ambas cuentas se desfasaban y era necesario esperar cincuenta y dos años de trescientos sesenta y cinco días para que volvieran a coincidir, completando así un importante ciclo calendárico. Para darse esta coincidencia de días, la cuenta ritual debía ejecutar setenta y tres periodos de doscientos sesenta días. Así se establece la ecuación calendárica: 52 (365) = 73 (260).
Los números que definen las características del sistema calendárico juegan un papel muy importante en la cultura mesoamericana. Elementos arquitectónicos como el número de escalones en escalinatas y de cuerpos de pirámides; el número de almenas en templos y el número de ofrendas, se fijaban considerando las cantidades dadas por los números 13, 18, 20, 52, 73 y sus múltiplos. Una práctica excepcional en la arquitectura mesoamericana que hace uso de lo anterior fue la elección de las orientaciones de los edificios más importantes en determinados sitios. Incluso es posible afirmar que la mayoría de dichos edificios mesoamericanos se alinean a la salida y al ocaso del Sol en fechas distintas de los días solsticiales por múltiplos de aquellas cantidades calendáricas citadas. Dos ejemplos muy llamativos son la pirámide del Sol en Teotihuacan y el Templo Mayor de Tenochtitlan. Las fechas de alineación solar, en ambos casos hacia el ocaso, dividen al año en dos partes. La gran pirámide de sesenta y cuatro metros de altura en Teotihuacan señala hacia el disco solar cincuenta y dos días antes y después del solsticio de verano. Para completar el año se requieren doscientos sesenta días. Por otra parte, el eje de simetría del principal templo de los aztecas apunta hacia el atardecer en dos fechas que se encuentran setenta y tres días antes y después del solsticio de verano. Esta vez el complemento para cubrir el año es de tres veces setenta y tres días.
La importancia de estos eventos nos remite a la función social de la astronomía en las sociedades del pasado. Reconociendo que nuestra estrella alcanzó el estatus máximo de veneración religiosa, el asociar esas fechas a un importante templo representó una manera peculiar de culto. El cielo jugaba el papel de un grandioso escenario donde la deidad se manifestaba en ciertos momentos fundamentales. De acuerdo con la ideología de las diversas regiones mesoamericanas, el calendario fue inventado por una pareja de deidades longevas que lo obsequiaron a la humanidad para su beneficio. La clase dirigente que poseía el conocimiento calendárico aprovechó esta circunstancia para vincular una importante estructura arquitectónica a través de su alineación a la veneración de los dioses quienes, a su vez, recompensarían a los dirigentes con favores que mantendrían su posición de poder. En este sentido el conocimiento astronómico contribuía a un discurso simbólico-político de gran significado en la sociedad. Esta práctica de orientación ya estaba presente muchos siglos antes del esplendor de ambas ciudades. Para los olmecas y mayas del sureste mesoamericano, esta manera de asumir la trascendencia del cielo ya formaba parte vigorosa de su cultura.
Los pueblos mayas alcanzaron durante la época clásica uno de los máximos niveles de precisión observacional. En el códice que se encuentra en la ciudad alemana de Dresde se asientan registros que informan sobre la regularidad de eclipses solares y lunares, así como de las fases de Venus como
estrella de la mañana y
estrella de la tarde, determinando el periodo sinódico del planeta. Acompañan a estos registros expresiones jeroglíficas cuyo significado concreto no siempre se comprende. Si bien la inspiración de estas hazañas de cálculo observacional pudo haber sido religiosa, esta particularidad no les resta valor científico.
De vez en cuando, el registro de fenómenos astronómicos se realizó a través de representaciones artísticas. Un ejemplo muy llamativo se encuentra en una pintura mural de la ciudad de Mayapán en Yucatán: grandes soles se plasmaron conteniendo en su interior personajes ricamente ataviados y descendiendo. El muro se orienta hacia la salida del Sol en las fechas determinadas por la cuenta calendárica de setenta y tres días. Ante la pregunta astronómica sobre qué pudieran representar tales personajes, queda claro que se podría tratar de una mancha solar o de un planeta interior. No siempre las manchas alcanzan tamaños suficientes para observarse a simple vista. Mercurio es demasiado pequeño para percibirlo sin la ayuda de un telescopio. Venus sí tiene un tamaño angular mayor que el de la mancha más pequeña discernible a simple vista. Esto sugeriría que podría tratarse de un tránsito de Venus. La determinación arqueológica de la época de creación de la pintura nos lleva a los siglos XII y XIII. Considerando la periodicidad de los tránsitos de Venus, sucedieron dos en ese intervalo de tiempo durante el ocaso solar. Ya que el horizonte en esa región de Yucatán es plano, es frecuente observar un ocaso espectacular, amortiguado por la baja atmósfera, con un Sol rojo o naranja. La propuesta es que la pintura podría registrar tránsitos de Venus. Durante el tránsito del 5 de junio de 2012 fue posible observar a simple vista, sin filtro, en el ocaso, justo desde lo alto de la pirámide del Castillo de Mayapán, a Venus, al dios maya Kukulcán, dentro del disco solar.
En ocasiones los fenómenos celestes han determinado momentos históricos. Esto pudo haber sucedido en 1325 cuando se fundó Tenochtitlan. Los aztecas llevaban más de doscientos años errando, buscando la tierra prometida por su dios solar Huitzilopochtli. Al llegar al lago de Texcoco el 21 de abril de ese año, fueron testigos de un eclipse total de Sol cerca del medio día: durante más de cuatro minutos se hizo de noche. De acuerdo con las crónicas en náhuatl del siglo XVI, este evento, tan impactante para los sentidos, pudo haber sido interpretado como la señal dada por su dios para asentarse ahí, donde crecería la ciudad capital del imperio mexica. En torno del momento en el que Huitzilopochtli avisó a los mexicas que ese era el lugar largamente anhelado, un prodigio se manifestó en las aguas del lago: fauna de color blanco, cuevas de donde surgía agua de varios colores. Este prodigio no es incompatible con las circunstancias de la totalidad del eclipse; el resplandor, a manera de aurora en todo el horizonte y reflejado en el lago; el reflejo de la corona y los resplandores rojizos de la cromósfera podrían explicar tal prodigio. Llama la atención que la única representación labrada en piedra que existe de la escena de la fundación se encuentra en un monolito descubierto en el centro de la Ciudad de México y llamado Teocalli de la guerra sagrada. En forma de una pirámide de trece escalones, muestra un disco solar vertical en su cúspide y el año mexica 2 Casa que corresponde a 1325. La ceremonia formal de la fundación debió haberse realizado posteriormente. Tomando en cuenta la estructura del calendario, en el monolito descrito se pueden reconocer varios elementos que sugieren la importancia del periodo de trece días. Así, a partir del día del eclipse, 21 de abril, después de dos periodos de trece días, llegó el 17 de mayo, justo el día del primer paso cenital del Sol en Tenochtitlan, el día en que los rayos solares caen verticalmente y a medio día la sombra coincide con la base de todo objeto. Es decir, se tendría un día propicio para rendir homenaje al dios solar fundando su ciudad. Este año se cumplen setecientos años de la fundación de Tenochtitlan, hoy Ciudad de México.
Jesús Galindo Trejo estudió física y matemáticas en el Instituto Politécnico Nacional y obtuvo el doctorado en astrofísica en Ruhr Universität Bochum, Alemania. Es investigador titular A en el Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, donde explora temas de la astronomía desde un ángulo cultural, especialmente histórico y arqueológico.